Saltar al vacío

El año pasado por estas fechas andaba yo hecha una Anna Magnani de la vida y a la gresca con parte de la familia inmediata por aquellas cosas mágicas del Bosón de Higgs, los espacios intermedios y algo en lo que creo a pie juntillas así me degüellen. O sea, que hay realidades que, pese a que no se pueden explicar de manera racional, existen. 

Y debe ser que, como soy la única de cuatro hermanos que eligió estudiar Letras en vez de Ciencias, que tengo un macarrónico y personalísimo sentido del Universo y que en mi disco duro mental conviven en armónica vecindad los versos del Cantar de Mío Cid con las soflamas de Rosita de Jericó, pues a menudo ésta que aquí escribe no goza precisamente de gran predicamento en determinadas cuestiones. Ni siquiera entre los suyos, que tienden a hacer acopio de todas sus pertenencias y a huir velozmente del país cada vez que amenazo con una de mis típicas disertaciones acerca de mi visión teleológica, 'bosónida' y psicomágica del mundo.

Como decía, hace un año casi salimos en la prensa nacional por unas 'pequeñas' desavenencias sobre el sentido y la naturaleza del Bosón de Higgs, que viene a ser una cagadita de partícula subatómica con una vida media de una billonésima de segundo _léase yoctosegundo_ que trae locos a los científicos y que, aunque aún no ha podido 'verse', sí han podido observarse _y sentirse_ sus efectos dentro del Gran Colisionador de Hadrones de Suiza. De ahí que se la conozca como 'partícula divina' y que, pese al emperejilamiento de los físicos más reputados del orbe mundial en echarle el guante para darse luego el gustazo de explicar el Universo y parte del extranjero en congresos de esos de hacerse muchas fotos y comer canapés con el meñique para arriba, creo yo que la 'mú jodía' _como Thelma y Louise al final de la película_ no tiene la más mínima intención de dejarse coger.

Al Higgs le ocurre lo mismo que a Dios, que no se le ve pero se le siente, y es en esa mágica paradoja donde ocurren los hechos más extraordinarios a este y al otro lado de la Vía Láctea, pues tal y como presienten los expertos en Física Nuclear, el bosón de marras, generoso y versátil que te pasas, sería entre otras cosas responsable de dotar de masa _y, por tanto, de sentido y razón de ser_ al resto de partículas que conforman nuestro Universo.

El asunto es, como digo, tan mágico, que preveo que los experimentos agendados para 2.012 para dar caza y captura al Bosón de Higgs van a ser un absoluto fracaso. Y no porque no haya tecnología, conocimiento y leyes físicas que sustenten semejante empeño, sino porque es imposible acotar la Magia, porque Dios es tan gigantesto y tan pequeño a la vez _tan ubicuo_ que no cabe en ningún informe. Y porque sería una gran decepción para su Club de Fans que, justo ahora que nos aproximamos a la materialización de un cambio de paradigma sin precedentes, el Maestro del Gran Tablero se deje hacer jaque mate por un 'quítame allá esos bosones'.

Gracias a Dios _o al Higgs, que viene a ser a mi entender lo mismo_ he llegado sana y salva a esta parte del año con la plena certeza de que vivimos en íntimo y subatómico contacto los unos con los otros, que nada ocurre fuera o a espaldas del Universo y que allí donde menos pensamos puede acaecer una magnífica colisión de protones que cambie el estado y el orden de las cosas. Nuestra energía _que es idéntica a la energía del Otro y a su vez la misma energía de todo cuanto nos rodea_ es tan coherente y tan sabia que, en su invisibilidad, da sentido a lo grande, a lo pequeño y a los espacios intermedios.

Deseo, sin ser agorera ni afear el valor que toda empresa científica merece, que la caza y captura del Higgs jamás se concrete. Ni en el 2.012 ni en ningún otro momento. Y, puestos a suponer que alguien pueda estar muy cerca de atraparlo, pido fervientemente que, sin miedo y con dos bosones, el Higgs salte al fondo del Cañón Subatómico dejándonos, de nuevo, con un palmo de narices.

Mudos. Perplejos.

A solas con la Magia y nuestro _solo_ aparente Vacío.
 
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Mirar para otro lado

Las estamos pasando canutas. Así, sin paliativos, eufemismos ni subterfugios de ningún tipo. Mismamente las de Caín. Lo digo alto y claro a quien quiera escucharlo y, sobre todo, se lo digo a quien, periódicamente y haciendo uso de una consanguinidad libertina, deposita en la bandeja de entrada de mi correo electrónico mensajes presuntamente compasivos interesándose por si me va regular, fatal o estrepitosamente mal.

También a quien, habiéndome puesto en el mundo, se harta de llamar por teléfono para saber qué tal yo y mis niñas y tal y Pascual sin que le tiemble la más mínima gota de sangre cuando, a la pregunta directa e impúdica de cómo estamos _si comemos, vamos, venimos o cagamos_ una responde abundando en espeluznantes detalles que a punto de naufragar.

Miren ustedes, queridos parientes de primera y segunda sangre... La cosa, como digo al inicio del post, anda jodida por estas latitudes. Pero bien jodida. Ya sé que esto les pone muy tristes y les causa una inmensa congoja. No tanta como para producirles un ataque repentino de solidaridad _¡faltaría más!_ aunque sí la suficiente como para, salvando la poca vergüenza, atreverse a manifestarme una preocupación de pacotilla que debe dejarles la conciencia como una patena.

Me pregunto si, en vez de consternación sincera, no les mueve en relación a mí y a los míos más que el morbo de ver que no llegamos a fin de mes, que este año, sencillamente, en casa no se pone la calefacción porque no podemos permitírnosla, que en esta familia hemos abandonado _a mi pesar_ el cerdo, la ternera y el pollo en favor de las posibilidades culinarias del jamón york y las salchichas Frankfurt o que, con gran dolor de mi corazón, por estos pagos hace meses que no se compran zapatos ni ropa por ser un 'dispendio' económicamente inviable.

Ya sé, queridos míos, que ustedes no me deben nada y que, probablemente, estén cargaditos de razones para no echar el más mínimo cable a este lado del Mississippi. Después de todo, soy yo quien, hace más de medio año, dejó su trabajo fijo para embarcarse en un proyecto que no acaba de arrancar por cuanto aquí ni Dios paga por usar una red social de nuevo cuño. Así venga ésta a dar espacios de diálogo y libertad a quien lleva berreando por ellos varias centurias.

Como digo, no me deben nada. Yo tampoco a ustedes. Ni en esta ocasión ni en otras similares _aún soltera y sin hijas_ se les ha visto el plumero o la sangre más que para llenar _a veces, a regañadientes_ algún carro de comida. Bien saben que esos carros los pagué yo en mi infancia sobradamente con sangre, sudor y llantos, así que estamos a cero. Sin deudas y en paz.

Ahórrenme, no obstante, las lágrimas de cocodrilo y las preocupaciones de salón. No escriban, no llamen, no jodan, no hurguen ni pregunten ni digan ni vengan.  

Y, por favor, si alguna vez nos cruzamos por la calle, hagan exactamente lo mismo que están haciendo ahora.

Mirar para otro lado.

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Peces de ciudad

Cantaba Ana Belén hace ya algunos años en su magnífica 'Peces de Ciudad' que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. No sé si porque _como dice el refrán y suscribe media Humanidad_ cualquier tiempo pasado fue mejor o, sencillamente, porque solemos creer que los paraísos son efímeros e inaprensibles como las mariposas y pertenecen más al plano onírico que a la vulgar realidad.

Sea como fuere, creo y mantengo _con permiso de Ana Belén_ que uno ha de intentar regresar siempre a los escenarios donde su alma ha sonado más alta, a esos lugares donde ha alcanzado las mayores cotas de gozo y se ha sentido completo. Y no precisamente para recuperar el pasado _que ya sabemos que jamás vuelve y es una empresa absurda en sí misma_ sino para encontrar de nuevo el centro, ese kilómetro cero sin el cual toda carretera personal que pretendamos construir está abocada al más estrepitoso fracaso.

Yo, que he sido una auténtica tiburona urbanita y he nadado en aguas asfálticas que creía y hasta lograba sentir mías, he regresado sin que me tiemble el opérculo branquial al sencillo paisaje de una Galicia que desconoce las aventuras y desventuras de los escualos de ciudad, a una tierra en la que es fácil desprenderse del yugo espacio-tiempo y donde el paisaje es tan abrumadoramente mágico como los cantos de sirena que se negó a desoír Ulises.

Por primera vez en mucho tiempo, siento que este mar de árboles y montañas que me envuelve tan pródigamente es mi eje y mi kilómetro cero, el lugar que me imanta y me conecta a mi centro. La pequeña gran pecera a través de cuyo cristal miro cada día el absurdo ir y venir de un mundo ensimismado en sus semáforos y sus necias promesas de progreso, la gran mentira que algunos hemos hecho trizas en pos de un paraíso posible al que cada día nos aferramos con la pétrea certeza de que será con los pies por delante como salgamos de él.

Hay quien llama a mi pecera 'aislamiento', quien se horroriza porque el centro urbano _con toda su parafernalia, frenesí y colorines_ se encuentre a tres kilómetros exactos desde este punto donde escribo, quien periódicamente cuestiona la conveniencia de que mis hijas acudan a un colegio con doce niños por aula o se espeluzna cuando comprueba que solo el ulular de la lechuza que vive en los eucaliptos que escoltan mi retiro rompe el magnífico silencio de la noche.

Debe ser que el paraíso _como el infierno de Sartre_ es el Otro. O, en este caso, los otros. Esos peces grises, tristes y dudosamente óseos que jamás apostarían un opérculo _ni siquiera una espina_ al azar de la probable dicha. Peces que hoy boquean asfixiados en la orilla de mi vida y que, de manera indefectible, volverán a los lugares presuntamente edénicos donde no son, no fueron ni serán jamás felices.

Peces de acuario que nadan por no llorar.

Domésticos. Pontificadores. Sin agallas.

Peces de ciudad.

El llanto de la fantasma

No sé si he contado alguna vez en este foro cuánto me atraen los fenónemos paranormales desde que, a los diez años, leí casi del tirón la sin par novela El exorcista, de William Peter Blatty, en una edición de Círculo de Lectores que mis padres tenían muy a la vista entre las estanterías del mueble de la salita.

No recuerdo, con ninguno de los libros que he leído a lo largo de mi vida, una conmoción similar a la que me produjeron aquellas páginas desnudas de ilustraciones en las que, sin embargo, mi ya por entonces prodigiosa imaginación suplía eficazmente la ausencia de imágenes con una galería de fantasmas, héroes y antihéroes invisibles, puramente abstractos, que hubieran hecho palidecer de envidia a la mismísima Marvel.

Leía yo aquel libro _retapado sibilinamente con una sobrecubierta de Los Cinco para evitar la censura paterna_ con la misma voracidad con la que luego, a raíz de esa incursión impropia de mi edad, me dio por fagocitar la Enciclopedia Salvat de doce tomos a la búsqueda y captura de todas las palabras relacionadas con lo oculto: exorcismo, demonio, xenoglosia, impregnación, psicofonía, medium, cielo, infierno, evangelio, legión... Cuanto más avanzaba en la experiencia de Regan McNeil, la niña protagonista de la novela, más se ampliaba el horizonte de mi conocimiento, más aprehendía y, paradójicamente, menos sabía por cuanto el volumen de preguntas que suscitaba aquel periplo lector era infinitamente mayor que el de las respuestas encontradas en la Salvat.

Tardé muchos años en introducir, en medio de aquel conocimiento puro adquirido tempranamente al respecto de estas cuestiones, la intuición, un don que llevo a gala y que jamás me ha traicionado a la hora de olfatear y presentir cielos e infiernos varios sin necesidad ya de ninguna enciclopedia. Una intuición que, junto a un poderoso onírico _muchas veces preclaro_, conforman la parte más recoleta de mi personalidad, esa por la que se me cuelan constantes alusiones a los arquetipos y a través de la cual, de vez en cuando, se asoma la niña Regan poniéndome los pelos como escarpias.

Estos días, con mis habitaciones y pasillos repletos de cajas y el desorden lógico aparejado a una inminente mudanza, no puedo evitar la sobrecogedora sensación de que, poco a poco, quienes aún merodeamos por estos espacios nos vamos desdibujando _como fantasmas_ de un lienzo domiciliario del que partiremos muy pronto. Me pregunto, como me lo preguntaba a los diez años absolutamente sobrecogida por el relato de Blatty, hasta qué punto las casas son capaces de impregnarse del alma de sus habitantes, cuánto de lo vivido _bueno, malo, vulgar o extraordinario_ en ellas por sus inquilinos es capaz de pervivir en el futuro, cómo el eco de unas vidas que un día hicieron la maleta dejando tras de sí el halo invisible de su risa y su llanto puede resonar en otras vidas que, de repente, se asoman a los escenarios de las existencias que las precedieron.

Trato, en consecuencia, como el Padre Merrin, de bendecir y dar las gracias por todos y cada uno de los rincones de esta casa en la que dejo tres de los años más amargos de mi vida. Quiero, muy pronto, cerrar tras de mí la puerta que tantas veces me ha visto ir y venir. Y quiero hacerlo sabiendo que la furia, la ira, el dolor y los sinsabores que podrían quedarse entre estas paredes por los siglos de los siglos _como un uranio venenoso_ son definitivamente exorcizados.

Quiero, por último, si ha de permanecer, que estos muros devuelvan a sus próximos inquilinos la frecuencia psicofónica de mis mayores alegrías: las risas infantiles de mis hijas, el crepitar de las velas de tantos cumpleaños, el sonido de las teclas con que he escrito algunas de mis mejores páginas, el eco gozoso de mis orgasmos... Los roces de las pieles, el susurro de los besos, el mágico aleteo de la esperanza _siempre_ sobrevolando la abrumadora rutina, el tintineo de la intuición más pura...

Cualquier cosa, cualquier decibelio amable antes que el llanto repetido, lacónico y lastimero de esta fantasma que aquí escribe y que, como la Regan de Blatty, apenas recuerda ya el origen de tanta cicatriz y tanta herida.

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Marcho, que teño que marchar

No hay mejor cosa que dejar tu blog abandonado durante casi dos meses para que la vuelta al folio en blanco se asemeje a un salto al vacío de esos de ponerte el alma en un puño.

Llevo días y días acercándome y retirándome, como un caracol, de este escritorio de Blogger que tantas satisfacciones me ha dado y que, por mor de las circunstancias, anda lleno de telarañas y tan desatendido como esos viejitos que se consumen de inanición y pena en los geriátricos que denuncian a veces los medios de comunicación.

En esto, como en casi todo, la falta de práctica anquilosa el cuerpo y el espíritu, así que estas primeras líneas después de tanto tiempo sin venir por aquí me están resultando tan complejas como despejar una ecuación de tercer grado o hacer vainica doble con guantes de boxeo.

No será este, por tanto, un post apasionante; puede que ni siquiera interesante habida cuenta de la torpeza con que tecleo a estas horas de la mañana. Sí es, en cambio, un post de esos con sabor a despedida, pues con toda probabilidad será el último que escriba desde el rincón de una casa, de un barrio y de una ciudad donde a menudo me he sentido como Segismundo en la Torre y de los que, por fin, me marcho en breve rumbo a Galicia, esa tierra que amo tanto como a mí misma y en la que mi alma siempre se alza oceánica, impetuosa, libre.

Regreso, después de un cautiverio de tres años, a mis montañas, a mi mar, a la luz blanquísima y cegadora de paisajes donde habita el luscofusco, a la umbría de esas carballeiras repletas de meigallos y humedades donde el tiempo se detiene y el silencio se hace olvido. Lugares mágicos _ para mí sagrados_ en los que deseo ver crecer a mis hijas, que ya son gallegas por apellido y por nacimiento y que verán con sus propios ojos todos los faros del Finis Terrae.

Podría, en un menudeo innecesario, relatar razones miles en virtud de las cuales abandono estos lugares desde los que hoy escribo. Solo diré, en cambio, con la misma simpleza llana, incontestable y abrumadora con que hablan esas lugareñas gallegas que tanto me conmueven...

Marcho, que teño que marchar.

Uno de los nuestros

Pocas veces en la vida se tiene la oportunidad de experimentar un milagro en carne propia. Y no porque los milagros no anden por ahí, apostados en calles y farolas poniéndose a tiro cada vez que pasamos a toda prisa por su izquierda, rozándolos sin verlos y sin querer creer más que en aquello donde podemos aplicar el criterio del apóstol Tomás, que no admitió encontrarse ante el mismo Cristo hasta que pudo introducir sus dedos en los agujeros que le habían dejado los clavos al Maestro cuando aquello del Gólgota.

Los milagros, que son como esos pequeños cronopios juguetones e irreverentes a los que Cortázar dedicó una de sus más ejemplares obras, buscan siempre _en connivencia con el mismito Universo_ la forma de materializarse, de darnos con la magia en los ojos dejándonos en medio de un blanco deslumbramiento, con un palmo de narices y, ya que estamos, con un '...gozo en el alma ¡grande!, gozo en el alma ¡grande!, gozo en el alma y en el ser, ¡aleluya, gloria a Dios!...'.

Quizás sea que buscamos _y esperamos_ que el milagro siempre sea grande, ande o no ande, milagros de aquellos espectaculares tan del gusto de Moisés, que era un exagerado para todas sus cosas y en vez de materializar un Ferry para cruzar con su pueblo las aguas del Mar Rojo, montó un tsunami de tres pares de narices haciendo que éste se abriese y se elevara sobre los hebreos a una altura similar a la de la Torres Petronas. Milagros, en fin, de esos mediáticos y tomasianos, mil veces fotografiados y retransmitidos a los cinco continentes en los que todos, tan cegatos y torpes como somos, nos hinchamos a meter los dedos en un afán absurdo de ver para creer.

A mí, que poco o nada me gusta lo política y socialmente grande, me apasionan los milagros pequeños, esos capaces de cambiar el curso de las cosas, esos bajo los cuales _pese a la aparente insignificancia_ late la grandeza del gesto generoso y desprendido de quien los hace posibles. Pequeños grandes milagros cotidianos capaces de insuflar esperanza y alivio allí donde todo parecía perdido.

Si, hace veinticuatro horas, yo escribía en este mismo blog que la estrechez y la penuria habían acampado en el salón de mi casa, hoy no tengo más que palabras de agradecimiento para quien ha dejado en nuestra puerta el óbolo milagroso de su generosidad: un adelanto de 300 euros por un trabajo editorial de corrección ortotipográfica que nos da aire hasta que, como decía en mi post anterior, el INEM y la aseguradora que aún debe la prima del mes pasado apoquinen.

Es probable que nadie se apresure, habida cuenta del prodigioso milagro, a contar esta historia en ningún medio. Dudo, incluso, que la propia Conferencia Episcopal y el Sanedrín Beatificador de Roma se aventuren siquiera a dedicarle un breve en la Hoja Parroquial. Ellos están, como Moisés, en los milagros mediáticos, en esos del mucho ruido y muchas nueces donde, además, engordan las arcas de su Santa Alianza hinchándose a vender escapularios.

Por eso, porque creo firmemente en el valor y la grandeza de lo pequeño, en el poder vinculante de las historias mínimas y en los milagros cronopios nada canónicos de andar por casa, hoy doy las gracias con el alma a quien, más allá de toda duda, ya es _raro, extraordinario, imprescindible_ uno más de la familia.

Uno de los nuestros.

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Con el viento a favor

Cuando tienes tres hijas que comen, visten y aún necesitan pañales, cuando te quedan cien euros en el bolsillo y todavía no has pagado el alquiler, ni el descubierto del banco, ni el recibo del teléfono y en el congelador tienes lo justo para aguantar la canícula como una bacteria prehistórica hasta que el INEM y la puñetera aseguradora (que aún te debe la prima del mes pasado por un acuerdo al que llegaste con ella cuando trabajabas y eras de fiar) apoquinen, la verdad es que sólo te quedan ganas de meter la cabeza en un agujero _como los avestruces_ y encomendarte a Santa Katsumi para que haga el milagro de que los días se aceleren al punto de eludirlos con la misma placidez de quien anda bajo el efecto de una anestesia.

Cuando, además de todo lo dicho, tienes entre manos un proyecto absolutamente prometedor al que aún le falta _mínimo_ medio año de rodaje para empezar a ser rentable, un proyecto que te saca la piel a tiras y por el que, después de dejarlo todo _seguridades laborales incluidas_ sacrificas los horarios convencionales y razonables en los que uno debe dormir, comer y vivir, entonces la anestesia que precisas para que todo sea mínimamente tolerable es un chute de narcótico similar al que requeriría un mamut.

Es una pena que yo sea tan poco amiga de lisergias de ningún tipo, que huya despavorida de todo cuanto huele a alcohol, coca, caballo y demás tufos psicotrópicos porque, francamente, a menudo desearía _por la vía que fuese_ adquirir la levedad e inconsistencia de una pluma para evadirme de una realidad que, aunque mía, reconozco tan extraña como inmerecida.

Me gustaría, como en otras ocasiones de mi vida, alzar los puños _cual Escarlata O'Hara en medio de la tierra roja de Tara_ y gritar a los cuatro vientos aquello de que jamás volveré a pasar hambre, que no habrá tormenta mundana que me doblegue y que vendrán _pese a quien pese_ los días suaves y amables en que ya todo dejará de costar sangre, sudor y lágrimas.

Y aunque física y mentalmente agotada, al borde de mis fuerzas _que son menos que muchas_, todo me parece de una lejanía inmensa, cuando cierro los ojos y me entrego a las únicas horas en que mi mente no me tortura con urgencias de ningún tipo, siempre escucho una voz, un eco, apenas un susurro que me acaricia el alma y me insta a hacer un último esfuerzo, a seguir esperando _pese a la dureza del día a día_ que el viento sople a favor.

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Por un plato de salchichas

No me sienta nada bien ver televisión. Pero nada bien. Si no es por una cosa es por otra, siempre acabo pillándome un agobio o un mosqueo existencial del nueve cada vez que enciendo la caja tonta y la vida con mayúsculas me abofetea en plena jeta sin conmiseración ni previo aviso.

Hace ya algunos días que publiqué en este blog mi Carta a un Mierda después de ver un espeluznante documental sobre la violencia con las mujeres en Colombia y ayer, de nuevo, quedé en estado de shock tras zamparme de cabo a rabo el especial que el programa 21 Días dedicó a algunas de las infinitas personas que en este país viven pendientes de una orden de desahucio.

No es que una no sepa cómo está el patio y los miles de vidas que la crisis se está llevando por delante. ¡Qué vá!... Ni que se me escape la tenebrosa escalada estadística que recoge el número exacto de seres que en este país, demográficamente hablando, se esconde bajo eso que se llama 'umbral de la pobreza'. Tampoco.

El impacto, la bofetada, el disparo en todo el pecho que sentí ayer por la noche tienen que ver, básicamente, con la cercanía, con los nombres y los rostros de quienes están pasando las de Caín en esta puta crisis que nos está robando el valor y la dignidad, con la durísima cotidianeidad de aquellos y aquellas que lo han perdido casi todo y cuyas vidas, de vez en cuando, con pelos y señales, atraviesan las pantallas de nuestros televisores poniéndonos el corazón sobre el tablero.

A mí me resulta imposible empatizar con el dato frío. Por eso, las estadísticas y los informes acerca de todo esto que comento me dejan, más que conmovida, indignada. Pero la cosa cambia, _y mucho_ cuando esas historias tienen imágenes, cuando detrás del relato periodístico de un desahucio una se encuentra con mujeres como Tamara, a quien un follador vivalavirgen dejó embarazada con 15 años y a quien la vida le ha ido quitando, zarpazo tras zarpazo, el trabajo, la casa y la esperanza.

Tamara, como muchas personas en este depauperado país, tiene un hijo al que cuida, cría y educa en soledad y por quien cada día se bate el cobre vendiendo 'a precios populares' la morralla que les sobra a sus vecinas y a todos quienes la conocen. Y cuando no hay morralla que vender, Tamara no duda en escarbar en la basura para recuperar cualquier cosa... Un bolso viejo, una mochila desvencijada, alguna revista todavía legible. Su fortaleza es irreductible. Como su ánimo. Todo vale con tal de dar de comer a su hijo, que la adora y duerme con ella en el mismo suelo que la ha visto caer tantas veces y del que, estoy segura, no tardará en levantarse.

Me duele Tamara como me duelen los otros protagonistas del programa de ayer. Como me duelen tantas y tantas vidas cuya crudeza me deja, literalmente, pegada al sillón. Estupefacta. Hundida. Casi paralizada. Por eso no me sale juzgarla cuando confiesa ante la cámara que está 'ocupando' una de las muchas viviendas sociales vacías que la Junta de Andalucía administra y, supuestamente, gestiona con equidad y criterio.

Si yo, como ella, mañana me viese en la calle sin recursos, sin arrestos para bajarme las bragas y sin un techo bajo el que guarecer a mis hijas, no os quepa duda de que haría exactamente lo mismo. Dar un patadón a cualquiera de las puertas _así fuera la de Branderburgo_ de una de esas casas que ya no pertenecen a sus legítimos dueños sino a los bancos, las cajas de ahorro o los 'subasteros' que se las disputan como hienas en los Juzgados de Plaza de Castilla, y cerrar luego por dentro.

Si yo fuese Tamara y sintiera que la vida mata, no dudaría en arañar la tierra misma para arrancarle un poco de justicia, algo de conmiseración, apenas la quincalla suficiente que me permitiese obtener la plata justa con la que comprar la cena de mis hijas hasta que la solidaridad _o el milagro_ llamaran a la puerta.

Cualquier cosa. Cualquiera por un vaso de leche y un plato de salchichas.

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'Tocatimbres' y mitocondrias

Estoy como la Teniente O'Neil el día en que fue a hacerse la revisión médica al ambulatorio de campaña de aquella infame unidad militar apatrullada por Viggo Mortensen: hecha un asco.

Los solsticios, sobre todo el de primavera, suelen dejarme siempre para el arrastre por cuanto mi legendaria alergia al polen se junta, velis nolis, con una manifiesta incapacidad para asumir, así, de golpe, semejante cantidad de horas de luz. Vampira y noctúrnida que es una, fíjese usted. Por no hablar de la vitalidad y el buen humor que me gasto, teniendo en cuenta lo dicho, en este primer mes en que la primavera _con todo su poderío polinizador_ asoma la patita por las rendijas del calendario.

Puede dar testimonio al respecto el último tocatimbres que ayer osó, fuera de las horas en que uno debe pulsar las bocinas de los domicilios ajenos, aplicar la fuerza de su dedito sobre el botón que intercomunica el portal de mi edificio con el hall de mi casa.

_¿Digaaa?...

_ ¡ABREEEE!...


Nuevo timbrazo y la madre que lo parió.

_¡Diga!...

_ ¿QUIÉN ERES?...

Me dieron ganas de decirle que Sarah Connor y que no se moviese del portal, que en un momentito bajaba a explicarle el significado de 'Sayonara, baby...' pero, dado que no hablo de cine oriental con desconocidos y que ando con la energía en fa menor, me limité a espetarle sin contemplaciones un '¡a la mierda!' que me dejó el cutis terso como un durazno.

Estoy, pues, polvaredas aparte y a tenor de lo narrado, asténica, con menos fuerza que un pedo cara al viento, con un humor de perros y, de nuevo, con un catarro de vías altas contraído en mi propia casa. Que una es autosuficiente y educada y no va a los hogares de nadie a dar incumbencias ni a pillarse virus, bacterias ni miasmas que no son suyas. ¡Faltaría más!.

Me decía mi terapeuta energética hace unos días al hilo de todo esto que comento que, efectivamente, ando hecha un asquito con patas, que tengo en mi organismo más virus que la mona de Estallido y que, si bien puedo congratularme de no albergar hongos en ningún resquicio de mi cuerpo serrano, he de andarme con ojo con el sistema inmunológico y, también, con la cosa del tabaco.

Y teniendo en cuenta que la terapia energética basa su efectividad y su ciencia en el principio inquebrantable de que la energía ni se crea ni se destruye, que todos somos TODO y que, siendo reduccionistas, la célula humana no es más que un corpúsculo de luz coherente, no le dolieron prendas a mi terapeuta a la hora de revelarme, además, que mis preciosas mitocondrias son odiadas in extremis por numerosas entidades perversas.

Con lo cual _según atestigua la terapia cuántica que me asiste_, así ando, con el adenosín trifosfato hecho unos zorros, con la energía a ras de suelo, con el solsticio de primavera haciéndome estragos y con unas denodadas ganas de ponerle los puntos sobre las íes y pasarme por el filo de la pluma a alguna de esas fuerzas perversas que yo me sé y que se van a librar de que les ajuste las cuentas en este foro porque, pobriñas mías, bastante tienen ya ellas con ser la peor peste de la Tierra y con cagarla de mala manera a todos los niveles cada vez que dan un pasito p'alante, María.

Lo que no sé yo es si voy a ser capaz de sustraerme al irrefrenable y genuino impulso de tocarles el timbre en medio de la noche _que es cuando más vampira, lúcida y creativa estoy_ y, tras el previsible '¿Digaaa?...' soltarles, con nocturnidad, alevosía, voz de Hannibal Lecter y el animus necandi en do mayor, algo bastante parecido a '¡¡¡Cago'n-tó-soy-tu-mitocondria-¿y-ahora-qué-mamarracha?...!!!'.

Ya os contaré.

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Tal como éramos

Tengo estos días una pavorosa conciencia del veloz e implacable paso del tiempo. Y no lo digo por las recién aparecidas canas a las que me refería hace un par de entradas _que también_ sino porque me hallo en medio de un batiburrillo generacional que hace coincidir la inminencia de mis cuarenta primaveras con el próximo y esperadísimo nacimiento de Franceso, mi primer sobrino, el estirón postinvernal de mis hijas _cada día más grandes y despiertas_ y la presencia en casa de mis padres, que se van haciendo inevitablemente mayores pese a las inyecciones de niñez que las nietas les administran en vena cada vez que se dejan caer por Toletum.

Parece mentira cómo la vida, que a menudo nos resulta un patrimonio inextingible, va cumpliendo sus ciclos de manera puntual más allá de todos los relojes. Cómo va abriéndose camino a través del calendario dejando en la cuneta la estampa de quienes una vez fuimos para devolvernos nuevos rostros de nosotros mismos. Más gastados, más adultos, sí, pero _como es el caso_ infinitamente más sabios, comprensivos y llenos de matices.

Miro a mis hijas y me resulta extraño, demoledor, casi inconcebible, que hace cinco años no estuvieran en mi vida. O que dentro de diez, quince o veinte, cuando tengan edad suficiente para leer este post, sus abuelos, que es lo natural, puedan no estar _como hoy_ disfrutando como enanos de su frescura y desparpajo mientras esperan ansiosos el advenimiento de un nuevo nieto.

Y luego vuelvo los ojos a la estantería de las fotos y me miro, muy niña, montada en un caballo blanco el día de mi Primera Comunión. Y después miro al Bombónido, que también tiene ahí su foto de cuando aún no era el Bombónido, vestido de futbolista, rubio como un querubín y ya apuntando maneras de outsider con el ceño fruncido. Y compruebo el impresionante parecido entre padres, hijos, hermanos, nietos... y me congratulo, pese al voraz paso del tiempo, de estar viva, de haber llegado hasta aquí, de poder sentir en carne propia que la vida se renueva cada día, que nada en verdad desaparece y, sobre todo, de poder amar y ser amada incondicionalmente.

Tal como soy. Como somos.

Tal como éramos: puros, cíclicos y por siempre niños.

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