Ando tan sobrada de tiempo, optimismo y energía que, después de un día maratoniano de esos de 'me tiro, no me tiro', aún me responden ocho dedos y cuatro neuronas para acuñar a estas horas una nueva enfermedad: el Rotismo.
Básicamente, el Rotismo consiste en desgastarse física y mentalmente a lo largo de la vida de un modo tan desproporcionado y salvaje que, cuando cobras conciencia de lo absurdo de tal desgaste, andas en reserva y tu capacidad de reacción es la misma que la de un bañista ciego y sordo frente a un tsunami.
El Rotismo es ejercido diariamente por individuas como yo del mismo modo en que los kamikazes japoneses se estrellaban contra sus objetivos en la Segunda Guerra Mundial. O sea, cargados de razón y explosivos hasta las trancas autoinmolándose luego en aras de un mundo mejor a la voz de ¡banzai!.
El Rotismo, etiológicamente, tiene que ver con una pésima interpretación de términos como la responsabilidad y el compromiso por parte de quien lo padece, así como con largas exposiciones de sus afectados a discursos altamente educativos y de corte prusiano relacionados con el honor, la lealtad, las mejores intenciones y el cuarto mandamiento.
El Rotismo es absolutamente perjudicial para el entorno inmediato del 'roto' o la 'rota' que, poco a poco, va viendo cómo aquel o aquella que aman y pese al poderío aparente, se desmorona como un frágil castillo de naipes sin que, en verdad, pueda hacer nada para evitar que el edificio se venga estrepitosamente abajo.
Curiosamente, esta es la única y paradójica forma de solucionar el Rotismo: dejar a quien lo padece que termine de romperse y esperar, con algo de fe y una pizca de suerte, que viva para contarlo.
Estoy en ello.
Básicamente, el Rotismo consiste en desgastarse física y mentalmente a lo largo de la vida de un modo tan desproporcionado y salvaje que, cuando cobras conciencia de lo absurdo de tal desgaste, andas en reserva y tu capacidad de reacción es la misma que la de un bañista ciego y sordo frente a un tsunami.
El Rotismo es ejercido diariamente por individuas como yo del mismo modo en que los kamikazes japoneses se estrellaban contra sus objetivos en la Segunda Guerra Mundial. O sea, cargados de razón y explosivos hasta las trancas autoinmolándose luego en aras de un mundo mejor a la voz de ¡banzai!.
El Rotismo, etiológicamente, tiene que ver con una pésima interpretación de términos como la responsabilidad y el compromiso por parte de quien lo padece, así como con largas exposiciones de sus afectados a discursos altamente educativos y de corte prusiano relacionados con el honor, la lealtad, las mejores intenciones y el cuarto mandamiento.
El Rotismo es absolutamente perjudicial para el entorno inmediato del 'roto' o la 'rota' que, poco a poco, va viendo cómo aquel o aquella que aman y pese al poderío aparente, se desmorona como un frágil castillo de naipes sin que, en verdad, pueda hacer nada para evitar que el edificio se venga estrepitosamente abajo.
Curiosamente, esta es la única y paradójica forma de solucionar el Rotismo: dejar a quien lo padece que termine de romperse y esperar, con algo de fe y una pizca de suerte, que viva para contarlo.
Estoy en ello.







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