El eterno femenino

Uno de los lectores de éste blog me señalaba hace varios días _al hilo del anterior post_ que la mayoría de mis exiguos seguidores son hombres. Apuntaba varias razones para explicar el fenómeno y, de entre todas las sugeridas, yo digo que la principal responsable de que Historia de A sea más del gusto de ellos que de ellas es, paradójicamente, que mis posts '...rezuman feminidad como hormonas atrayentes...'.

La paradoja, a mi entender, radica en que, varios kilómetros a la redonda, se huele y se ve el plumero del femenino desde el que siento, vivo y digo las cosas que me atañen. Un femenino que no es, precisamente, ni convencional ni fácil de digerir.

Para empezar, mi femenino anda peleado con todos los clichés que el uso y la costumbre han validado como socialmente bien vistos a la hora de ser y mostarme como mujer en el mundo que habito. No me siento en absoluto representada por todas las locas extravagantes que llevan años enarbolando la bandera del feminismo hartándose, además, de poner a parir al sexo masculino en cualquier foro que se les ponga a tiro. Asimismo, disto mucho de sentirme mínimamente cerca de toda esa panda de descerebradas que, después de pasarse tres horas frente al espejo enfundándose el vestido de escote vertiginoso, se ponen como hidras porque el maromo de turno les ha mirado con ojos de cordero degollado el Cañón del Colorado y les ha dicho abierta y naturalmente aquello de '¿en tu casa o en la mía?...'. Por no hablar, claro está, de todas ésas teóricas de la cosa mujeril (poetisas, literatas, empresarias de pro que han perdido el norte y son más tíos que cualquier tío, creadoras multimedia y demás erizas en pie de guerra) cuya quintaesencia personificada anda encarnada en ministras de Igualdad cuyo cruce de piernas imposibilita, literalmente, que se les cuele una mosca por el Sacromonte. ¡Menudas son ellas manteniendo a raya los insectos!.

Salvo honrosas excepciones, siempre me he sentido extraña entre mujeres. Las inmediatas y las que han ido llegando a mi vida a lo largo de los años. Imagino que, de base, la rara y la inadaptada soy yo. Tanto que, a día de hoy y ya casi de manera legendaria, el discurso estándar femenino (básicamente centrado, como decía más arriba, en poner verdes a los hombres) me sigue pareciendo _por previsible_ aburridísimo e injusto por cuanto en éstas conversaciones supuestamente femeninas encuentro el mismo tipo de argumento maniqueo y polarizado que me espeluzna en cualquier otro contexto.

Detesto, por ello, las reuniones y manifestaciones (de cualquier tipo) declaradamente femeninas, las series del tipo Sexo en Nueva York, Mujeres Desesperadas y cualquier otra aportación pseudocultural con pretensiones de producto de entretenimiento 'con causa'. Por no hablar de ésas revistas plagadas de esperpentas esqueléticas y opinadoras guays que, lejos de recordarte las mañas de una buena perra, siguen afanándose una y otra vez en cómo debes enseñarle a tu chico por dónde anda el clítoris o cómo ponerte de cero a cien en diez segundos. Como si fueran imbéciles o llevaran toda su vida dedicándose a la mecánica automovilística.

Por contra a todo lo expuesto, soy una devota del femenino eterno, hormonal, subyugante y consciente de sí mismo que encarnan maggioratas del tamaño de Sofia Loren o Anita Ekberg, mujeres de rompe y rasga, trasgresoras, cuyo movimiento de caderas haría caer la Muralla China, tipo Betty Page o las jamonas descaradas que pueblan el imaginario de Bigas Luna. Sin olvidar, claro está, ésas mujeres con las que ninguna fémina como Dios manda tomaría un café y que Tinto Brass amó hasta la infinitud en su obra cinematográfica. Esas mujeres que habitaban una Paprika insolente, deslenguada y divertida por las que cualquier hombre de ayer, hoy y mañana perdería la cabeza y todo su patrimonio.

Mujeres que saben ser santas y putas al mismo tiempo (y además lo disfrutan), mujeres que dan bien en la pantalla de la vida con tacón y con pantuflas, con medias de liga o con calcetín deportivo, peinadas y sin peinar, pasadas por maquillaje o con la cara lavada, hembras poderosas y sabedoras de su encanto que, sin embargo, no dudan en mostrarse vulnerables porque sienten que no tienen nada que demostrar y porque saben que ser mujer _al fin_ no es muy diferente de ser persona. Independientemente de los sexos y de lo que la sociedad y el mundo entero dicen que hombres y mujeres deben ser.

Bien mirado, las mujeres que a mí me fascinan son
_más paradojas_ aquellas que biológicamente no lo son y que, precisamente por eso, subliman mejor que cualquiera otra ese femenino eterno, insobornable, arrollador y contundente que no cabe en ningún ministerio y al que las revistas y programas de televisión no dedicarían ni un minuto de su tiempo: drag queens, transexuales y demás criaturas en fase de 'mariposez' que, tirando de corsé, rimmel, rouge, tacones imposibles y una capacidad de metamorfosis como jamás he visto en ninguna mujer dotada como tal por Madre Natura, son capaces de elevar el femenino universal a la enésima potencia.

Historia de A no es, por tanto, un blog para féminas que no huelen, no se notan y no traspasan. Ni para aquellas que busquen en él historias pretendidamente femeninas llamadas a perpetuar el tópico de la mujer hecha a sí misma mirándose en el espejo masculino. Tal vez por eso, querido lector, la pequeña cohorte de seguidores del mismo la componen mayoritariamente hombres que (bien lo sé) han fracasado y fracasan cada día contra el muro de tantas mujeres que se han perdido a sí mismas en el camino de serlo.

Hombres que, confundidos, desorientados, devenidos unos en amantes lesbianos de sargentas de infantería, condenados otros a la impotencia tras años comunes con dignísimas bellezas de sagrario frío, siguen (porque es natural e impronta de especie) vibrando y naciendo a la luz de eso que, afortunadamente, no tiene precio, explicación ni dueño.

Eso que me conmueve en lo íntimo y cuyo nombre es sobrecogedoramente bello:

el Eterno Femenino.


Category: 4 comentarios

4 comentarios:

E.G. Sampedro dijo...

¡Ahí queda eso, JOER!... ¡Viva la madre que te parió!...

Tío Eugenio dijo...

Con tu permiso, te explico por qué me adherí, hace unos días a la lista de caritas que te siguen: porque sabes narrar con mucha fuerza, porque admiro las imágenes y metáforas que incluyes en tu estilo y porque muestras la dosis justa de descaro para impresionar sin asustar. Esto último, reconozco que a mi me falta en mi blog, pero no sé hacerlo.
Ah, se me olvidaba, y porque yo también detesto "Sexo en Nueva York".
El hecho de que tú seas mujer y yo hombre, a lo mejor importa menos de lo que pensamos.¿O sí?
Ug

Ana María dijo...

Besos, Emilio. Me vas a hacer sonrojar con semejante despliegue de exclamaciones :-))
Eugenio, bienvenido a ésta mi / tu casa. Gracias por tu franqueza y por apreciar una prosa (la mía) a la que aún le falta, no creas, bastante descaro. Veo que tienes unos ojos sabios y eso me place hasta donde no puedo describirte. Y sí, lo de hombre, mujer y viceversa (con perdón) importa menos de lo que podríamos pensar. Por cierto... eso de los jirimójeles, gilaílas y pendonás que aparece en tu blog tienes que contármelo. Todavía no me he repuesto ante semejante despliegue de lo que parece castellano aunque la edición on line de la RAE me diga que 'nanai'. Un beso y feliz noche.

Tío Eugenio dijo...

Esas palabras que mencionas forman parte del "acervo paremiológico vernáculo" o más sencillamente, son dichos de mi madre. No están en el DRAE ni en los diccionarios de dialecto murciano que he consultado, pero en general se refieren a cosas de poca importancia o utilidad práctica.
(o,-)
Ug