Polvo intergaláctico

Llevo aproximadamente dos meses expuesta a todo tipo de virus: catarrales, gastrointestinales, estomacales y miasmas pardas de diversa procedencia. Y es que una de las grandes desventajas de tener tres hijas de entre cuatro y un año es que, por mucho que te escudes en la inmunidad de tu adultez, finalmente acabas sucumbiendo _como ellas_ a la horda de agentes patogénicos que, por estas fechas, suele estar de Fiesta Grande en colegios, guarderías y centros públicos de todo tipo en los que huela a niño fresco.

Durante estos dos últimos meses, pongo a Dios por testigo que entre mi marido y yo hemos batido varios récords relacionados con el trasiego vírico intramuros inherente a la inmadurez del sistema gastrointestinal de nuestras retoñas. El primero, sin duda, el de número de lavadoras puestas, tendidas y recogidas de manera consecutiva, labor en la que ambos nos reconocemos mutuamente como merecidísimos plusmarquistas.

Tal es el grado de perfección logrado en la disciplina que, incluso, hemos alcanzado una maestría incuestionable a la hora de llevar a cabo semejante labor en horas intempestivas sin que el vecindario nos pulverice _asistido de razón y nocturnidad_ con el cañón de largo alcance. Por no hablar de otros galardones menores _más no por ello menos importantes_ relacionados con la capacidad de mantener la cabeza fría, el alma alegre y el ánimo presto ante semejante aluvión de virus cabroncetes. Hecho que nos convierte, ¡vive Dios!, en los Ghostbusters del rotavirus y la retromiasma jijonensis: una bicha microscópica prenavideña de gran poder y peores intenciones para la que ya andamos preparando un sofisticado sistema de microelectrocución perimetral en nuestro domicilio.

Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, así que preveo, tras la cotosez imperante en nuestro bendito hogar desde hace ya dos largos meses, que el Bombónido y la menda vamos a emerger con fuerza y tronío _como Los Increíbles de Disney_ después de tomar las uvas de Nochevieja.

Yo resurgiré divina con mis mallas rojas de súper woman, cual Nasarre intergaláctica, fatalle con mis botas negras ultrajustas y un antifaz de ídem color a través del cual gobernaré el Universo gracias a una caída de pestañas que hará temblar los anillos de Saturno.

El Bombónido, tras la ingesta úvica, transmutará en súper héroe forzudo maxi mandibular, paquetón king size y bíceps de aquí te espero y, con una fuerza sobrehumana que hará crujir el Misterio, me llevará en volandas al último rincón del Universo, lejos del ruido cotidiano de las lavadoras y de nuestros quehaceres sin resuello en los que a menudo solemos perdernos olvidando que, bajo la pátina del día a día que nos devora sin compasión, aún tenemos fuerzas y ganas de ponernos la Vía Láctea por montera.

Que, más allá del Virus Starwars, la lavadora convencional, las minigalaxias y el detergente en copos, a nosotros lo que realmente nos pone y nos deja blancos blanquísimos _a 100 grados, mil revoluciones y sin suavizante_ es el Polvo Intergaláctico.

Category: 1 comentarios

1 comentarios:

Tío Eugenio dijo...

Feliz y esperado regreso. Enhorabuena por tu victoria contra las bacterias, que como bien sabes, son la especie dominante en el planeta.
Yo también he luchado contra niños poseídos por microbios, y no quiero repetir, así que no estornudes hacia Móstoles, por favor.
Un abrazo y me alegro de leerte.
Ug