'Everlasting' de andar por casa

Últimamente me ocurre que, como los trenes antiguos, suelo llegar a mis posts con retraso. O sea... Que desde que la Voz empieza a azuzarme por dentro hasta que materializo en plan exprés lo que me va dictando pasan, por regla general, un par de días o tres o semana y media. Y así ocurre, que se me acumula la tarea y este blog se muestra, por momentos, anacrónico.

Digo todo esto porque, al hilo del pasado sorteo de Navidad y la lluvia de millones que la suerte dejó caer por todo el territorio español, quise _y no pude_ escribir inmediatamente acerca de lo marciana que me siento cuando la gente expresa lo que haría si le tocase la lotería o San Calvo bendito dejase en la puerta de su domicilio un canasto con un millón de relucientes fajos de billetes de 500.

Ante semejante cuestión, lo más frecuente es escuchar planes de inversión del tipo 'comprar un piso' y/o 'comprar un coche'. Seguidos de cerca por los genéricos y no menos importantes 'hacer un crucero', 'ayudar a los hijos' y 'tapar agujeros'. Planes que, a priori, me parecen estupendos si no fuera porque para mí, el caviar de la cosa no está tanto en los pisos ni en los agujeros que tapar _se me ocurren algunos, pero no creo que coincidan con los que evoca el común de los mortales tras el diluvio crematístico_ sino, más bien, en poder mercar _como quien adquiere un kilo de tomates o cuarto y mitad de ternera_, tiempo y silencio.

De ahí que diga que me siento marciana cuando, tras asistir al troglodítico baño de champán que cada 22 de diciembre se retransmite por obra y gracia de San Ildefonso y la televisión por cable a los cinco continentes, nadie, ni el más pintado, diga mirando a cámara que va a dejarse un pastizal en adquirir bonos de tiempo de aquí a la eternidad o que va a emplear la recién adquirida fortuna en aprovisionarse de silencio para cuando el decibelio arrecie en cualquiera de sus chirriantes modalidades.

Si mañana me tocase la lotería _cosa harto difícil si tengo en cuenta que, paradójicamente, solo juego por azar_ buscaría desesperada por todo el orbe mundial a un tiburón de Silence Street experto en transacciones intangibles y le ofrecería todo el canasto antes citado para que, al menos en este espacio-tiempo, me localizase un paraíso personal e intransferible en el cual descomprimirme del mundanal ruido cada vez que se me antojase. Un paraíso que, además, llevara incorporado un botón con tecnología 'Stop timing' y 'Silos' Rythm' que, directamente, me teletransportase a un estado de felicidad perpetua sin ruido, interrupciones, tocamientos de gónadas convencionales o reclamos exasperantes varios.

Hasta entonces, me conformo con estos momentos del día en que todo se apacigua gracias al fenomenal invento de la siesta y en los que hasta una mami numerosa saturada de decibelios, gritos, cacas, mocos y una lista de peticiones inabarcable como yo, encuentra esos escasos minutos que hacen posible un café, un cigarrillo, un post, una canción, un baño caliente... Esas pequeñas evasiones que hoy constituyen mis grandes placeres, esos paisajes suspendidos en el espacio-tiempo que trato de alargar y ensanchar todo lo que puedo. Esos paraísos cotidianos que disfruto como el gran premio de una lotería impopular, silenciosa, marciana y largamente anhelada que ya hace viable, de algún modo, mi retiro sine die y a la carta.

Mi Sefarad soñado. Mi Hawaii - Bombay particular.

Mi 'Everlasting' de andar por casa.

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Mi Puente de Madison

Quienes han vivido una experiencia cercana a la muerte relatan con una recurrencia sospechosa que, justo en ese momento donde 'vida' y 'no vida' se unen, acontece una rapidísima sucesión de imágenes cuyo sentido último parece ser el de sintetizar in aeternam los momentos más importantes _o más impactantes, que viene a ser casi lo mismo_ de la existencia de cada persona.

A estas alturas del año, cuando diciembre se extingue de frío y se aferra con sus manitas de hielo al calendario mientras espera su extremaunción de uvas y confetti, a mí también suele darme por morirme un poco. Solo un poquito, apenas una muerte blanca y necesaria que me da la tregua precisa para _como aquellos que sí se han muerto mucho tiempo alguna vez_ poder asistir a mi propia película con la objetividad que brinda verla desde fuera como una simple espectadora.

Aunque soy mujer de pocos balances, he de reconocer que éste ha sido _otra vez_ un año sin Óscar ni Palma de Oro que, no obstante, bien merece una pequeña crítica en la zona de faldón amén de un velorio como Dios manda, con sus plañideras y su esquela, con su dedicatoria pre y post mortem, 365 días que me han arrancado la piel a tiras y que, si he de ser sincera, me han quitado más de lo que me han dado al punto de sentirme, en mil y un aspectos, expoliada y depredada.

Mi 2010 ha sido, grosso modo, el año del desgaste, de la decepción y el Rotismo, el año de abrir los ojos a la evidencia, el año de dejar caer los brazos y de darme por vencida. Un año donde, además, he transitado por el peligroso filo de la depresión y la ansiedad, el Año de las Luces _por cuanto toda experiencia, por dolorosa que sea, nos aporta impagables resplandores de Verdad sobre nosotros mismos_ , el año, en fin, en que han vuelto a no cumplirse muchas de las cosas prometidas. Da igual si de mí hacia los demás o viceversa. Ambas casuísticas arrojan un saldo parejo y desolador.

Lo cual me deja sola y perpleja ante mi propia película, ésa que hace justo un año apuntaba maneras de superproducción hollywoodyense y que ahora viene, con toda evidencia, a cristalizar y darme en las narices con su formato de mal corto amateur subvencionado, para más inri, por las flacas arcas de ésta que suscribe.

Es momento, pues, de cerrar capítulo, de poner un gran The End sobreimpreso en pantalla mientras concluyen los títulos de crédito, de fundirme a negro y tirar todo el carísimo metraje a la basura. Y es mi intención hacerlo sin pena ni gloria, sin afanes ni tristeza. Dejo, eso sí, definitivamente el cine. Dimito del fotograma fantástico y animado, de los largos de princesas y ciencia ficción y me paso, al menos hasta nueva orden, al lugar donde habitan las palabras, al folio en blanco, a la foto fija, al post inmaculado y al silencio creativo tras los cuales pienso parapetarme mientras termino de encontrar mi Shangri-Lá, ese lugar reservado y tranquilo que deploraba Benedetti y que a mí, sin embargo, tanta falta me hace.

Me marcho, pues, de Méliès y pongo rumbo a Kincaid. Desisto de cualquier Viaje a la Luna y me abrazo, esperanzada y nueva, a mi Puente de Madison. Ese que habrá de llevarme, suave, cierto y sin astillarme el alma, al paraje exacto desde el cual hacer las mejores instantáneas de mi vida.

Y, como decía más arriba, lo hago sin tristeza ni nostalgia. Vacía de dudas. Repleta de certezas.

Con esa clase de certezas que sólo se sienten una vez en la vida.

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Tangalandia

De manera periódica aterrizan sobre el cordel de mi tendedero unas bragas color carne del tamaño de la provincia de Badajoz.

La primera vez que ocurrió semejante hecho fue allá por la primavera, que ya se sabe es única haciendo caer los subterfugios de los tejidos. En ese momento no quise darle importancia al braguizaje aunque, todo hay que decirlo, le dediqué una entrada en Facebook e incluso me pregunté a mí misma, atribulada y pensativa junto al mismito cordel, si debía o no interpretar aquello de las bragas como una señal.

Pues bien... Hoy, que han vuelto a caer con el mayestático peso de su lycra y su algodón (imagino, por la pinta, que en una proporción 70/10), lo veo todo meridianamente claro y, según me cuchichean los musos a ras de oreja, este post va a tratar _en plan refilón, que el tema da para mucho_ de atuendos interiores femeninos allende el mismo ombligo. Concretamente, de lo que unas y otras _o sea, yo misma_ elegimos para invisibilizar el Monte de Venus o, como en el caso de mi vecina _e inferido directamente de las dimensiones de las bragas de marras_, también el Kilimanjaro y el Krakatoa.

Hay un momento en la vida de toda mujer en que debe decidir si mantener la línea materno-decente de la braguita de algodón tal y como todos la conocemos o si, por el contrario, debe aventurarse a la experiencia de colocarse una de esas mini piezas sexy que atienden por 'tanga' diseñadas, las más de las veces, bajo una de estas tres tipologías: deportiva, Hello Kitty o novia súper romántica. Esta última, todo hay que decirlo, alcanzando sus cotas más cursis y horteras en Women Secret y Oysho que, como todos sabemos, encabezan el podio de las cadenas de lencería (es un decir) que más unidades de estas horrebundas prendas venden cada día.

Dicho lo cual, en lo que a la menda concierne _y seguramente coincidiendo con otras experiencias que espero las lectoras me comuniquen transidas de confianza_ debo señalar que, además de ser tangatardía, lo mío con esta supuesta minusculez jamás fue una relación de amor viable en ese 'mi primer momento, Chispas'. Al margen de por lo dicho anteriormente, porque jamás encontré la horma de mi bisectriz en semejantes tiendas y porque mi por entonces escueta cultura pornográfica ya me había llenado la retina (y el deseo, sin yo saberlo) de esos minimalismos leopardianos plagados de brillos, texturas y colores imposibles llamados strings.

No es extraño, por tanto, que el advenimiento de la lencería de la vecina se me antoje como 'La invasión de las ultrabragas volantes' y que semejante tamaño de prenda me parezca más una manta comunera para ir de romería a la Pradera de San Isidro que algo que, en verdad, una mujer de hoy día pueda vestir como si tal cosa sin asfixiarse o morir de aburrimiento interior.

En fín, a mí plín. O string.

Que, por cierto, como no se encuentran en tiendas convencionales _entre otras cosas, porque son interiorismos de pendón desorejado_, me los hago traer en versión micro de Francia vía internet a unos precios realmente fantásticos. En un arrebato solidario y navideño, casi estoy por dejarle una nota anónima a la vecina en el buzón con la dirección web del megastore, a ver si se pone rumbera y ya somos más de una las que, en medio de la grisura del patio interior, ponemos un puntito canalla en el vecindario.

A ver si se echa p'alante, se muda al menos dos lycras más allá _mismamente a Tangalandia_ y tira por la ventana _para no recogerlas nunca más_ esas tristes, enormes y feísimas bragas modelo Groenlandia que tanto me atribulan y atormentan.

¡Santa Katsumi me oiga!.

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Decididamente peligrosa

Hay una magnífica película de Louis Malle titulada Herida que no deja de impresionarme por mucho que la haya visto casi una docena de veces. Y es que, más allá de las extraordinarias interpretaciones de Juliette Binoche y Jeremy Irons _que encarnan al dúo protagonista_, la cinta tiene, a mis ojos, un hipnótico guión del cual yo aprendí que 'la gente herida es peligrosa porque sabe que puede sobrevivir'.

Si, como decía Platón, el alma humana se nutre de conocimiento, mis más pantagruélicas comilonas, las que más y mejor me han sentado han sido siempre _nouvelle cuisine, mon Dieu!_ aquellas compuestas por materia casi cruda. Hecho que me ha convertido, con el paso de los años, en una voraz fagocitadora de emociones en estado puro. En una obsesa Grenouille de todo aquello que, pasado por piel, nariz, corazón, oídos, ojos, boca o pensamiento, sea capaz de modificar mi estructura y hacer tambalear los cimientos de mi ánima.

Por eso me impactan hasta el extremo frases como la que acabo de escribir un poco más arriba, porque logran rasgar de arriba a abajo el lienzo de mi mundo, porque capturan mis cinco sentidos poniéndolos al servicio de mi aprendizaje y porque, al fin, son tan extraordinariamente hermosas que una disfruta como un súcubo pecando de gula con ellas.

Como Ana, la protagonista de la cinta de Louis Malle que cito en este post, arrastro conmigo heridas tan inmensas que, efectivamente, ésta otra Ana palíndroma que yo soy no puede por menos que darle la mano a través del espejo, reconocer su dolor y, como ella, elegir mostrarme pétrea allí donde hoy presiento la inminencia de un ataque.

Hace días que el infierno me ronda y anda revuelto. Siento su aliento en mi nuca, sus manos alrededor de mi cuello, su risa de hiena perforándome los tímpanos. No cabe duda de que me quiere para sí y, en siendo posible, haciéndome pasar por el purgatorio para dorarme a l'ast antes de abrasarme por completo.

Lo veo crudo, pues no hay infierno posible para quien ha sobrevivido a él.

Voy, no obstante, a disfrutar del pulso todo lo que pueda.

Voy, al menos esta vez, a sacarle partido a mis heridas.

Y voy a ser, de una vez por todas, franca, directa y decididamente peligrosa.

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Enemiga mía

Acabo de vivir una experiencia paranormal. Ya sé que no son horas pero puedo prometer y prometo que hace diez minutos, con un ojo cerrado y el otro medio abierto, he visto luces, bolas multicolores y estrellas brillantes avanzando hacia mí.

Por un momento he pensado que estaba teniendo un orgasmo pero, habida cuenta de que la humedad relativa del aire se correspondía con los parámetros normales a estas horas en Toledo, inmediatamente he llegado a la conclusión de que me hallaba en Rovaniemi, en casa de Papá Noel, ayudándole a clasificar la ingentísima correspondencia que ya se le acumula bajo el felfudo en plan Jingle Bells total. Convencidísima, oye, hasta que ha salido el reno del venerable a escena y de un puntapié onírico _y no por ello menos doloroso_ me ha enviado derechita al sofá, que es donde acabo de despertarme después de cenar y haberme quedado más que frita junto al esplendoroso arbolito de Navidad.

La cuestión es que, antes de que el ungulado me pusiera de patitas en el plano consciente, he soñado que me hacía revisar en un centro hospitalario unas placas rojas del tamaño de la nave nodriza _tres, para ser concretos_ que me habían salido en la cabeza. Agravadas, para mayor tragedia metamórfica, por una erupción de esferas alrededor del cráneo de idéntico aspecto calcáreo al de las citadas placas.

Según me ha dicho la médico de urgencias que me ha atendido en Subcons' Hospital, lo mío se debe a una inflamación de las membranas del cuerpo. Literal. Y ni corta ni perezosa, disfrazada de reno y sin duda harta de que las cangrejas de a pie andemos jodiendo y saturando las Urgencias hospitalarias del Más Allá, me ha mandado vía exprés a mi casa. Sin orgasmo ni Rovaniemi que valga. Derechita al sofá. Ni un paracetamol me ha recetado la muy gusana y vil, oye.

Así pues, con esta pinta de crustácea extraterrestre y de 'enemiga mía' me voy a la cama. A ver si con un poco de suerte la cosa remite a lo largo de la noche y puedo llegar mañana al trabajo sin tener que disimular las placas y las esferas craneales bajo la peluca de Marge Simpson.

Ains.

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Insoportable

Una de mis más legendarias características y de la que he presumido hasta el hartazgo allá por donde he ido es la de ser una mujer 'de fácil convivencia'. Esto, vivido desde el máximo autoconvencimiento, se lo he ido vendiendo a todos los que, a lo largo de los años, han compartido techo conmigo, ya fueran compañeros de universidad, visitantes ocasionales, amantes de ida y vuelta, parejas del día a día o amigos de quita y pon.

Siendo fiel a la verdad, así fue durante muchos años, cuando _desde un candor que hoy en día me parece casi tontorrón_ ésta que os escribe no solía decir ni 'mú' ante las cafradas de los anteriormente citados, llevando al extremo eso tan cristiano y civilizado de la templanza y sublimando, para más inri, todas las rarezas de los y las partenaires de turno.

Lo bueno de vivir, además del valor de la experiencia, es que los años te van demostrando que tienes todo el derecho del mundo a decir 'digo' donde antes dijiste 'Diego', al punto de que, en la cuestión que nos ocupa, tengo que asumir que a día de hoy la convivencia conmigo es cualquier cosa menos fácil.

Para empezar, detesto dar explicaciones y me aburre soberanamente someter a criterio popular (con el tiempo que eso implica) lo que a mí, de entrada, me parece el bien común. Supongo que esto me convierte en una déspota _no sé si ilustrada_ pero, a día de hoy, soy capaz de encajar deportivamente el adjetivo. He tenido discusiones de dimensiones épicas a este respecto, he sido acusada en tribunales populares de marimandona, terca y manijera _incluso por aquellos que se han beneficiado más que mucho de mis supuestamente despóticas planificaciones_ y, aunque he tratado de enmendarme, la verdad es que una de mis grandes asignaturas pendientes es plegarme a otros planes que no sean los míos y dar mi reverendísimo brazo a torcer.

Continuando con el rosario de dones 'convivenciales', he de decir en mi contra que soy absolutamente indisciplinada y anárquica de puertas para adentro y, más allá de los horarios de comidas, baños y cenas de mis hijas (que también apuntan las maneras de su mami), no hay cosa que más alergia me produzca que la tiranía del reloj _desaparecido de mi mano izquierda hace años_ y lo que se supone una debe hacer en tal y cual tramo horario. Paradójicamente, fuera de los metros cuadrados que se corresponden con mi reino domiciliario, soy _creo_ una excelente organizadora, al punto de que gran parte de mi jornada laboral transcurre inmersa en planificaciones de marketing y trasuntos comunicacionales que me tienen, a la vez, con un pie en el tiempo presente y el otro en el mes siguiente. No es raro, pues, que mi relación con el calendario sea de absoluto despiste si materialmente no lo tengo delante, detalle que, a ojos foráneos, me convierte en una mujer permanentemente desubicada, un tanto excéntrica y legendariamente multinivel.

Imagino que, por un puro efecto de compensación, allí donde habitualmente me muestro serena y comedidamente encantadora tiendo, con más frecuencia de la que me gustaría, a proverbiales explosiones de ira y mala leche. En mi caso, en modo 'fusión - fría - ríete - tú - del - Perito - Moreno'. Tan fría que no hay quien se me acerque que no corra serio peligro de morir congelado o de llevarse un zarpazo con el arpón esquimal.

Y ahí, en ese estado post-iracundo suelo quedarme dos o tres mil años, yo solita en mi era glacial rumiando el subidón frappé con cara de lapona herida, atrincherada en mis razones con el arpón bien alto hasta que me da la llorera y salgo de mi propio hielo profundamente convencida _como una Yeti que volviera de hacer ejercicios espirituales_, de que jamás volveré a pisar la nieve eterna.

En esto, como en en tantas cosas, no hay quien me crea y me dé crédito. No al menos a día de hoy, que sigo fracasando y tropezando una y otra vez con mis 'mejores' intenciones, con mis sentidísimas ganas de sacudirme estas 'pequeñas cosillas' que tanto me afean y hacen de la vida de los que me rodean en lo inmediato una experiencia infinitamente menos feliz de lo que se merecen.

Por eso, a punto de concluir el año y en un momento en que todos solemos hacer balance de los últimos doce meses que nos hemos metido entre pecho y espalda, a mí, más que darme por escribir cartas absurdas a los Reyes Magos, me da _otra vez_ por hacer un hondo y sincero ejercicio de autocrítica en el que me pido a mí misma y para los demás el ser capaz, entre otras cosas, de decir 'lo siento' sin que ello tenga a mis ojos la transcendencia y consecuencias de La Rendición de Breda.

Me pido, para mí y para los que amo, más risa, menos rigor, más guasa y menos furia.

Dejar de ser, aunque solo lo sea a ratos...

Insoportable.

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Sólo falta Chencho

Estamos reagrupados. O todos juntos, como quiera verse.

Y es que en fechas como ésta, con un puente que parece un acueducto y alarga los días de asueto como el chicle, Noa y Hugo, los hijos mayores del Bombónido, aterrizan en nuestra casa por mor del convenio separacional alegrándonos 'muy mucho' la existencia. Sobre todo a sus hermanas pequeñas, que, locas de contentas, se diversifican y enriquecen dejándonos a papi y mami más libres para atender todas esas faenas domésticas y extradomésticas que, de repente, se ven sensiblemente aumentadas.

Lejos de tumbarnos, estos reagrupamientos en los que pasamos de familia numerosa a Clan Cavernario de pleno derecho _con todo lo que ello conlleva_ suelen darnos vidilla y nos demuestran, con una evidencia terca y pasmosa, la inmensa capacidad de gestión, organización y trabajo que aún tenemos rozando _en mi caso_ y pasando _el Bombónido_ los cuarenta.

Lejos, como digo, de tumbarnos, el hecho de estar todos juntos nos da la mejor perspectiva de nosotros mismos y la oportunidad repetida y constante de poner a prueba nuestra capacidad _infinita_ de generosidad y entrega, de mimos, cariño y abrazos.

Los niños _cinco en nuestro caso_ nos dan más que nos quitan. Y su reclamo y necesidad inagotables se convierten en la oportunidad perfecta de atender a nuestro propio niño interior que, menos afortunado que éstos que hoy corretean pletóricos de risa por los pasillos de nuestra gran casa, carecieron del afecto a raudales que nosotros entregamos a esta desaforada, rubia y variopinta camada.

Ellos son, en su minúscula presencia, hermosos y extraordinarios. El mejor regalo de Navidad y de todas las fiestas posibles. La prueba irrefutable de que querer es poder y que, más allá del déficit energético en el que entramos el Bombónido y yo en días como éstos, no hay energía, tiempo ni dedicación mejor empleados que hacer de cada minuto de los niños un momento irrepetible.

En eso andamos, inventando desayunos, multiplicando almuerzos, sumando siestas, elevando a la enésima potencia baños, biberones y coladas, viéndolos crecer a la velocidad del rayo _cada uno en su particularísima versión_, asombrándonos con sus ocurrencias y tratando, con una fe monumental, que ellos sí sean capaces de hacer de éste un mundo mejor, más luminoso y hermanado. Un lugar de Amor entregado y verdaderamente generoso donde siempre haya una mano dispuesta a la ayuda y la caricia.

Noa, Hugo, Soraya, Iria y Antía son nuestra mejor obra. Nuestro mayor mérito. Los niños de nuestros ojos. La razón de nuestras vidas. El presente más puro. El futuro posible.

Hoy, nuestra casa, igual que nuestros corazones, late, brilla y está llena.

Sólo falta Chencho.

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Mazapán y medio

Muchas veces me pregunto cuánta dosis extra de evidencia necesitamos para, por fin, caer del burro y reaccionar. Cuánta infamia e injusticia es, a mayores, necesaria, para que este mundo revierta la carrera disparatada en la que lleva años participando y se estrelle, _de verdad y una vez por todas_ para ponerse manos a la obra con lo realmente importante.

Me pregunto a menudo cuánta gente hace falta ver tirada en la calle para que, al fin, se nos caiga la cara de vergüenza y todos y cada uno de nosotros tengamos los redaños suficientes para armar la de San Quintín y exigir la devolución de lo mínimo imprescindible a quienes se han quedado sin nada _unos, porque nunca lo tuvieron; otros, porque lo han perdido en el camino_ y ya no esperan sino que la vida les deje en paz.

Me pregunto también, con más fecuencia de la que me gustaría, en qué momento perdimos el Norte y expoliamos al débil, en qué minuto exacto acordamos bajo quorum que el mundo es dual y antagónico y se divide, mayormente, en quienes deciden, gobiernan y poseen y en quienes llevan la mitra aguantando los carros y carretas del hambre, la indiferencia y la marginación.

Con toda España sumida en el caos de un cielo que, de repente, se ha quedado mudo de frío e incompetencia, me pregunto también cómo van a ser las Navidades de los gitanos rumanos, de los alcohólicos que apuran el sucio y maloliente vino del olvido a las puertas de los centros comerciales mientras todos salimos de ellos cargados de regalos hasta las trancas, de las putas que malviven y sobreviven en las rotondas y las esquinas y tiritan mientras sirven a dignísimos prohombres un completo frío.

Me pregunto dónde están el pavo y el turrón de esos ancianos que se han quedado varados, como trastos viejos e inservibles, junto a kioscos y farolas, dónde las uvas de tantos padres que, a rebufo de una crisis tan faraónica como injusta, han perdido los favores de Papá Noel, de los Reyes Magos y de ese gordo e impostor de Santa que, sin duda, prefiere los barrios residenciales californianos a las aceras tristes de una España cada día más gris, más injusta, más a la deriva.

Imagino que, desde la desesperación y la indignidad, ya solo aspiran a un trocito de Navidad, a una brizna de esperanza que materialice dos o tres juguetes para sus niños, alguna gamba, un pedazo de tarta, un sorbito de champán.

Apenas medio sueño. Cuarto y mitad de luna. Media manta.

Y, por pedir, un mazapán y medio.

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Tarde de telarañas

El gran Ramón Gómez de la Serna decía en una de sus archiconocidas greguerías que 'el cerebro es un paquete de ideas arrugadas que llevamos en la cabeza'. Tanto es así que algunos andamos por la vida con la susodicha hecha unos zorros a fuerza de contener entre las circunvoluciones de Rolando y la meninge piamadre un verdadero cacharral de datos absolutamente inservibles.

Desde que la razón y la retentiva me asisten, me he acostumbrado a absorber cuanto me ha rodeado de manera multifocal, holística o como quiera que se llame ese modo de estar en el mundo en que todo, a priori y al mismo tiempo, te interesa: una cara, una imagen, un olor, una textura, un matiz, un cuadro, el modo particular en que una mano coge una taza de café, la manera en que ése mismo café es paladeado y lo que a continuación se dice bajo el efecto de un sorbo que yo _observadoramente voraz_ soy capaz de vivir a cámara lenta en modo 'eternidad'.

Tengo, pues, una memoria integral y volumétrica de casi toda mi vida y de todas las personas, acontecimientos y objetos que han pasado por ella. Y a donde no llega mi memoria consciente, la parte onírica de mi cerebro me trae y retrotrae de manera permanente a escenarios donde estoy y soy aún sin haber estado ni sido nunca. Lo que me convierte, al fin, en pasajera y conocedora omnisciente de un espacio-tiempo verdaderamente curvo donde siento que no hay principio ni fin y del cual suelo regresar, en el mejor de los casos, llena de recuerdos, mensajes y precogniciones.

De todo tomo nota, todo me afecta y nada me es ajeno, al punto de que, como decía al inicio de este post, ando por la vida con la cabeza en plan overbooking, atestada de datos e ideas que a menudo se me estrellan contra los temporales provocándome unas jaquecas de padre y muy señor mío que sólo remiten con presión local y un masaje enérgico de esos de dejarme los pelos como los de Anna Magnani tras una de sus peleas.

Ayer mismo, sin ir más lejos, me encontré en mi lugar de trabajo con una antigua compañera de la residencia de estudiantes durante mi antediluviano primer año de carrera. Hacía 18 años que no la veía y, cosa extraña, estaba exactamente igual que la recordaba. Altísima y tremenda como un troll, pasada de kilos, el pelo cortado a dos aguas y con el mismo estilo pijo-trendy de entonces. La reconocí a diez metros. Ella a mí no, por supuesto. Así que plantándome _literalmente_ debajo de sus narices le espeté un ¡hola! resuelto y desparpajado que la Colosa de Rodas recibió estupefacta.

_No sabes quién soy, ¿verdad?..._ le pregunté.

_Noooo, ahora no caaaaigo_ me contestó.

Me dieron ganas de decirle que yo soy ésa que va por la vida, como los chamarileros, cargando sobre la memoria estampas como la suya y que por su culpa _entre otras cosas_ ya no me cabe un alfiler entre temporal y temporal. Opté por ser cortés y recortar la ironía y, sencillamente, le dije que era Ana, de la residencia de estudiantes en Madrid.

_¿Te acuerdas?..._ insistí, atiplando la voz y francamente divertida.

_Aaaaaahhh, ya sé quién eres..._, me soltó toda convencida desde su metro ochenta y pico.

Pero no coló. Yo sé que no coló. Imposible que colase.

Esa Ana minifaldera, estilizada y más que resuelta que la saludó ayer jamás coincidió con ella en ninguna residencia de estudiantes ni en ningún Madrid habido ni por haber. Imagino que ella, entre las circunvoluciones de Rolando y la piamadre guarda el recuerdo de otra Ana mucho más seria y contenida, distante y a la defensiva, en permanente pantalón, patológicamente tímida.

Cualquier día se la encuentra en ese trozo de espacio tiempo donde yo la mandé a tomar fresco sin contemplaciones. Espero que ésa vez, al menos, sí la reconozca. Y que ambas se saluden, ¡muacks, muacks!, en plan pijo - trendy y se vayan juntitas, henchidas de memoria, a tomar un café súper - serio.

Yo, por si acaso, como dicta la última moda, me voy a subir un par de dedos la minifalda para despistarlas, no vaya a ser que cualquiera de las dos tenga la más mínima intención de volver a hacerse la encontradiza y llenarme la tarde de telarañas.

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