Dice el Bombónido, que para sus cosas es bastante gráfico y fino, que 'tengo los huevos más gordos que King Kong'. Así. Literal. Y todo porque, después de consultar la almohada por trigésimo novena vez, encomendarme a Santa Katsumi y llamar a Santi Molezún a la tele a horas intempestivas para que me lea el futuro en directo, he decidido, de nuevo, dar un salto al vacío de esos que pondrían los pelos como escarpias al mismísimo Jean Claude Van Damme.
La verdad, bien mirado y con la que está cayendo, no debo de andar muy cuerda ni muy femeninamente melindrosa, ya que el pasado lunes tuve a bien comunicar a mis jefes que me iba, que 'Paris, c’est fini', que tenía un proyecto entre manos y que hasta ahí lo que se daba. Como si la cosa ya estuviera marchando viento en popa y proporcionándome unos dividendos del carallo cuando, en realidad _pese a ser un proyecto faraónico y más que prometedor, de esos millonarios por cuanto viene a cubrir un desatendido nicho de mercado_, aún está en modo inminente.
Así pues, como sostiene papito, debo de tener las gónadas del mismo calibre que el gorila de Isla Calavera ya que, sin más amparo que la exigua prestación por desempleo _que no llega hasta abril_ y un parche crematístico proveniente de un plan de protección de ingresos, me aventuro _con el Bombónido también en paro desde el pasado octubre y tres niñas a cargo_ a decir 'bye bye, my job' con una sonrisa de oreja a oreja y con la absoluta certeza de que las cosas habrán de ir bien. Más que bien. Requetebién.
No es la primera vez _entiendo que tampoco la última_ que me lanzo a tomar decisiones de este calado. Una manía recurrente y 'antimundo' cuyo origen yo atribuyo a un golpe que me dio un columpio en plena cara a la tierna edad de tres años y que debió, por la piradez temeraria y recurrente que caracteriza mi biografía, dañarme de manera irreversible algún lóbulo prefrontal.
O modificarme el ADN, claro está. Porque, como dice el Bombónido, los tengo más gordos que King Kong. Algo que no me atribularía demasiado si no fuera porque, después de dar calabazas a más de uno y tener más claro que el agua que quiero casarme con el Lobo Feroz en el Parador de Baiona _ultrafemenina y mirando al mar, como la Victoria de Samotracia_, ahora va a resultar, tomando en cuenta las últimas decisiones, que lo que tengo entre las piernas no es un nínfico nenúfar sino un morrocotudo tulipán.
Avisados quedáis, pues.
¡Soy un hombre!.
La verdad, bien mirado y con la que está cayendo, no debo de andar muy cuerda ni muy femeninamente melindrosa, ya que el pasado lunes tuve a bien comunicar a mis jefes que me iba, que 'Paris, c’est fini', que tenía un proyecto entre manos y que hasta ahí lo que se daba. Como si la cosa ya estuviera marchando viento en popa y proporcionándome unos dividendos del carallo cuando, en realidad _pese a ser un proyecto faraónico y más que prometedor, de esos millonarios por cuanto viene a cubrir un desatendido nicho de mercado_, aún está en modo inminente.
Así pues, como sostiene papito, debo de tener las gónadas del mismo calibre que el gorila de Isla Calavera ya que, sin más amparo que la exigua prestación por desempleo _que no llega hasta abril_ y un parche crematístico proveniente de un plan de protección de ingresos, me aventuro _con el Bombónido también en paro desde el pasado octubre y tres niñas a cargo_ a decir 'bye bye, my job' con una sonrisa de oreja a oreja y con la absoluta certeza de que las cosas habrán de ir bien. Más que bien. Requetebién.
No es la primera vez _entiendo que tampoco la última_ que me lanzo a tomar decisiones de este calado. Una manía recurrente y 'antimundo' cuyo origen yo atribuyo a un golpe que me dio un columpio en plena cara a la tierna edad de tres años y que debió, por la piradez temeraria y recurrente que caracteriza mi biografía, dañarme de manera irreversible algún lóbulo prefrontal.
O modificarme el ADN, claro está. Porque, como dice el Bombónido, los tengo más gordos que King Kong. Algo que no me atribularía demasiado si no fuera porque, después de dar calabazas a más de uno y tener más claro que el agua que quiero casarme con el Lobo Feroz en el Parador de Baiona _ultrafemenina y mirando al mar, como la Victoria de Samotracia_, ahora va a resultar, tomando en cuenta las últimas decisiones, que lo que tengo entre las piernas no es un nínfico nenúfar sino un morrocotudo tulipán.
Avisados quedáis, pues.
¡Soy un hombre!.







8 comentarios:
Sólo cabe decir un oportuno....¡olé tus huevos!
Seguro que es por lo del columpio...
Porque..., tu de hombre..., tienes lo mismo que yo de cura...
De todas formas..., se puede ser como tu eres... VALIENTE..., sin dejar de ser mujer y ademas... mujer..., mujer...
Ahora que lo dices, en ninguna de las versiones de King Kong se muestran sus genitales, y es raro, porque cuando estuviese con la Jessica Lange en brazos deberían aparecer bastante más notorios. Está censurado, seguro. En fin...
Muy bien, niña, ya que los dioses te han dado valentía para saltar, que las diosas que te den habilidad para aterrizar.
Mucha suerte en tu nueva aventura.
Un abrazo,
Ug
Ya has toreado en plazas más difíciles, así que óle y al toro.Mucha suerte.
Por primera vez difiero contigo Ana... no hace falta tener huevos ni ser hombre para aventurarse a hacer lo que a una le venga en gana, arriesgando seguridad económica versus seguridad mental. Las mujeres de eso sabemos mucho o más. Felicidades, hacia adelante!
El bombonido tiene razón. Y yo tengo celos de él. Usted puede...
Siempre suyo
Un completo gilipollas
Pues si los tienes, no sé si grandes pero si bien puestos y eso, para mi, es una virtud...
soy un hombre y de bilbao y me gusta tu estilo..estoy aprendiendo..
ah! soy aries y tampoko tengo karnet..bueno el del athletic un bellíssimo defecto
...un musu
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