Una Gilda de la vida

Estoy valorando seriamente la posibilidad de teñirme el pelo. Sí, ya sé que es una frivolidad con la que está cayendo, pero ¿qué queréis que os diga si dentro de nada me toca cumplir 40 añazos y no me acostumbro a verme en el espejo con las varias docenas de canas que la última Década Prodigiosa ha dejado sobre mi cráneo?...

Yo siempre me he resistido a agredir mi exuberante y característica masa capilar con tintes, ungüentos y amoníacos varios que pusieran en peligro su extraordinaria vitalidad, así que a lo máximo que he llegado en cuestión de pelos _a los de la cabeza, me refiero_ es a matizar su particular tendencia genética a la pelirrojez con algún reflejito dorado de esos inofensivos que nadie nota a menos que plantes la reverenda cocorota bajo el sol del mediodía. Sin olvidar, of course, allá por mi etapa universitaria, las aplicaciones caseras de henna de herbolario en la susodicha, un método de embellecimiento capilar en el que mi entonces compañera de piso y carrera y ésta que os escribe nos empleábamos a fondo logrando _no es coña_ dos de las melenas más llamativas de la Facultad.

De eso hace ya casi veinte años, que dicho así es como para que te de un infarto por aquello del tempus fugit, casi cuatro lustros en los que mi leonina cabellera no ha necesitado más que un champú diario y apenas un escueto cepillado de vez en cuando para lucir majestuosa haciendo palidecer de envidia a melenudas peliteñidas de tres al cuarto.

Hoy, sin embargo _después de un montón de vida e inviernos que me han ido pasando su voraz factura por la cabeza_, soy yo la pálida envidiosa. Y no ante esas melenas ajenas artificiales y repintadas a las que me refiero renglones más arriba, sino ante la salvaje mata de pelo de mi hija mayor, frondosa, ingobernable, tupidísima, pelirroja, extrañamente celta y que me recuerda a la mía propia de hace años, cuando aún no conocía el devastador efecto del estrés, la ansiedad y los sinsabores sobre el patrimonio piloso y las canas me eran tan ajenas como las patas de gallo o las arrugas en el alma.

Dicen por ahí sin mucho acierto que quien tuvo, retuvo. Y aunque aún a día de hoy puedo soltar mi pelo sin complejos, apenas queda nada de aquella melena esplendorosa que fue, durante mucho tiempo, una de mis señas de identidad, la prueba manifiesta e incontestable de mi fuerza y mi energía, la tarjeta de visita de aquella singular leona que yo era hace casi veinte años y que, desde la atalaya de su juventud insolentemente arrolladora, tenía toda la pinta de irse a comer la sabana y al mismito Rey de la Selva _pelos incluidos_ si se le ponía por delante.

De esa leona, como digo, apenas queda nada capilarmente hablando. Al punto de que, como rumío en este post, estoy valorando seriamente la posibilidad de teñirme después de constatar que todo el pelo que el otoño se llevó me lo está devolviendo la reciente primavera en modo 'cana pertinaz'. Trato, no obstante, de sufrir lo justo _no más_ delante del espejo. Y trato también, a veces hasta lográndolo, de leer globalmente y sin rencor las líneas de mi propio cuerpo, ese que cada día, en su desnudez sin artificios, aún se muestra bello, elástico y a salvo de estrías después de tres embarazos, tres partos y tres postpartos en menos de cuatro años.

Todo indica, por tanto, que la leona transmutará en nueva y colorida especie en pocos días. Aún no sé, del rubio ceniza al rojo caoba, cuál será el tono que elegiré para redecorar mi recién nevada cabellera. Si me ciño a experimentos anteriores, todo apunta a la pelirrojez, a ese color indefinible que tanto me subyugaba en la melena de la bellísima Maureen O'Hara cuando la contemplaba absorta en aquellas películas del Technicolor de mi infancia.

A fin de cuentas, la vida es cíclica y nos acaba devolviendo las estampas más auténticas de nosotros mismos, aquellas gracias a las cuales nos presintieron, conocieron y reconocieron. Y yo, si soy sincera y dejo el disgusto de las canas a un lado, he de admitir que siempre quise ser una de aquellas pelirrojas de cine, epatantes, misteriosas y seductoras capaces de volver loco al mismito Rey de la Selva a golpe de fogosa melena. Sin inmutarme ni, por supuesto, despeinarme.

Una tanguera con pinta de diabla. Una bucanera de cabello prohibido.

Una Gilda de la vida, sí señor.

Category: 7 comentarios

7 comentarios:

kira permanyer dijo...

je,je estimada Ana, yo por suerte, siendo mayor que tu, no tengo canas, pero alguna vez si que me ha dado por el cambio de color de la azotea. Animate, si no te gusta, siempre puedes arreglarlo. Renuevate, siempre sienta, en tu caso seguro que muy bien, se te ve linda... abrazos!

historiadea dijo...

Allá iremos, Kira... ¡A la conquista del color y a la caza y captura de la cana, que ya se sabe que a nosotras no nos hace más interesantes sino invisibles!... Afortunadamente, pese a los jodidos pelos blancos, una sigue teniendo sus éxitos de crítica y público de canas para abajo ;-)))) Un abrazo cariñoso y feliz noche.

pseudosocióloga dijo...

Ese "henna" que si te pasabas te dejaba el pelo naranja en vez de pelirrojo.
Tíñete, te lo dice una que ha perdido el pelo, el tono, el brillo y cuando me miro al espejo siempre pienso:si me dieran a escoger entre quitarme las arrugas, las varices del embarazo o esos tres kilos que me sobran siempre escogería volver a tener MI melena.

loboviejoverde dijo...

Las pelirrojas tienen la fama de ser muy temperamentales y con mucha personalidad.

juan andrés estrelles dijo...

Lo siento por ti.
Ya no solo por que añores la exuberante cabellera de aquellos años. Es por que el mundo de los tintes es como una especie de espejismo que promete ayudarte a alcanzar lo que buscas pero acaba desvaneciéndose como la bruma. Mi mujer era una de esas pelirrojas estilo Maureen O´Hara en El Hombre tranquilo. El paso de los años como le ha acabado pasando idéntica factura a la que has descrito. Pero tras año y medio peleándose con los dichosos tintes y los peluqueros. –Ahora ya no tan amigos- Está cuestionándose la posibilidad de empezar a lucir esas canas que tanto nos suelen preocupar. Como bien dice ella que siempre ha tenido un cabello sano y flexible. Pierde los nervios viendo que en el empeño por mantener el color no solo no consigue lo que quiere. Si no que además se le estropea el pelo de mala manera. Tal vez una melena reluciente y saludable por más que este veteada de canas. Sea la mejor opción para que una leona vuelva a demostrar que esta dispuesta a arrasar con todo sea lo que sea. Ya te cuento que decide. Un beso.

historiadea dijo...

Pseudo: eso haré, no te quepa duda. Ya te iré contando cómo va la operación. Un abrazo grande.

Lobo: un placer verte por estos pagos. Bienvenido a 'Historia de A'. Yo ya tengo, de base, bastante temperamento y personalidad, así que espero que con el tinte no se me vaya la mano y termine convertida en Anna Magnani.

Juan Andrés: gracias por compartir el 'duelo canoso'. Ya sé que estas cosas son, finalmente, esclavitudes estéticas, así que ya iremos viendo hasta dónde me da la paciencia. Un abrazo.

Besos para todos y feliz fin de semana.

un completo gilipollas dijo...

Se va a teñir y mimetizar en Gilda porque ha leído mi ultimo post sobre carnaval, que lo se yo. Eso es amor y lo demás son frusilerías para vender joyas.

Siempre suyo
Un completo gilipolas